Una vuelta por el lado salvaje

por Carolina Bello

 

Si existe una película que desde su eslogan se propuso ser estandarte de los años noventa, esa fue Trainspotting (1996). Un slogan que atrajo un público masivo a través de una referencia demasiado significativa. “Trainspotting: la naranja mecánica de los años noventa”, rezó el afiche promocional por aquellos tiempos. Podría considerarse que ese slogan fue una mera movida marketinera, es decir, una promesa que puede o no verse reflejada en la película.  Una promesa ambiciosa, considerando la aspiración de tal sentencia.

The Clock Work Orange, tanto el libro escrito por Anthony Burgess como la película dirigida por Stanley Kubrick, se transformaron en algunas de las intertextualidades más significativas de la cultura pop posterior. La estética montada por Kubrick trascendió los fotogramas de su film y comenzó a infiltrarse tanto en video clips, cómics, artes de tapa y diseños de todo tipo.

La Naranja Mecánica es una de esas pocas películas que no sólo causan efecto en su propia época, sino que aún hoy siguen transgrediendo y llevando el estandarte de eso que, de tan único se vuelve rehén de la mimesis cultural: la referencia permanente. Sin embargo, al comparar ambas películas no puede negarse sus similitudes, en donde la principal es el sistema como formador de un tipo de individuo. Si La Naranja Mecánica proponía el grupo organizado, con la figura evidente de un líder que comandaba los actos del mismo de una forma sistemática; en Trainspotting el grupo es una formación circunstancial y el líder se terceriza y materializa en una sustancia llamada heroína. La violencia en este caso no es ejercida hacia fuera sino hacia el propio individuo que ya no tiene nada que ganar y tampoco que perder. 

Station to Station

Renton, Sick Boy, Spud y Begbie son amigos, amigos que pasan el tiempo, hijos de una Inglaterra tatcherista que ha devenido en un universo sin referencias. Si en los setenta Inglaterra fue la cuna del punk rock y de la consigna del “no futuro” de la manos de bandas como Sex Pistols y The Clash, los noventas vieron nacer una generación que toma ese lema pero sin una actitud desafiante. La indiferencia es ante todo la primera en ganar la carrera del estado de ánimo en la franja adolescente.

Este grupo de amigos se transforma en existencias periféricas, o dicho de otro modo: en outsiders. El outsider es el habitante de ese no-lugar al que él mismo se ha desplazado. En tanto no pertenece, no tiene referencias en las cuales sustentar una vida planteada desde la normativa de la lógica imperante. El outsider transita un camino paralelo, un camino que bordea el territorio inabordable de la normativa cotidiana. Al ser un excluido del sistema, crea uno propio desde el cual observa, lo que nos puede evocar un cierto vouyerismo.

En Inglaterra existe un juego popular que consiste en pararse en los puentes sobre las vías y ver pasar los trenes (“Trainspotting" en inglés). Gana aquel jugador que al final del día anotó más cantidad de numeraciones de trenes distintos que han pasado por el lugar. Sin dudas, esto se convierte en metáfora central del libro y la película, en donde Renton y sus amigos son los que miran pasar los vagones llenos y homogenizados que van en línea recta con un destino prefijado. En la creación de Irvine Welsh (1993) la sociedad, sin dudas, está cerca de las vías. Por otro lado ese juego implica una espera paciente y si hay algo que debe hacer el yonqui es saber esperar. El outsider mira desde afuera, y como no está inserto, es capaz de objetivar esa suerte de normalidad que por algún motivo no lo incluye. El outsider en Trainspotting es un cazador solitario, que asume la socialización  como una norma de convivencia mínima, pero no como algo esencial.

Trainspotting es años noventa. Y se regodea en eso mostrándose a modo de video clip. La música no es un simple telón de fondo sino que pasa a un primer plano haciendo connotar a las imágenes de una manera irónica. Sucede, por ejemplo, cuando suena “Perfect Day” de Lou Reed mientras Renton es cargado en una suerte de ataúd improvisado hacia un taxi que lo  deposita en la puerta del hospital. La banda de sonido sobre todo el tema emblemático de Iggy Pop, “Lust for life”, acentúan el vértigo de una década que ha pasado demasiado rápido, casi como los trenes que el abstinente Renton ve pasar en el empapelado de su cuarto luego de ver al bebé que gira su cabeza y lo mira desde el techo. Matt Greoning por supuesto, el zar de los noventa, no fue indiferente a tal escena y ya vimos a Maggie en similar situación ominosa.

El examen que di sin estudiar jamás

Son muchas y variadas las bandas que aparecen citadas en el libro y que forman parte de la banda de sonido de la película, entre ellas: Zappa, Bowie, Simple Minds, The Farm, U2, Iggy Pop y The Clash, por solo nombrar algunas. En Trainspotting los personajes realizan constantes paralelismos entre sus propias circunstancias y la música, en dónde ésta se vuelve el universo de referencias más  próximo y verosímil para los protagonistas. Cómo olvidar el rezo desesperado de Renton al afiche de Iggy Pop.

Dentro de toda esa gama de referencias sin dudas The Velvet Underground aparece como la banda más significativa, además de ser el primer grupo citado en el libro, es la primera banda que a diferencia del rock anterior, hace metalenguaje de las droga duras  (ya no era el viaje lisérgico y colectivo) creando una poética propia. Como alguien ha dicho por ahí “The Velvet es el tumor maligno en el rostro de la Norteamérica Hippie”. Y de hecho, es esta banda la que ha compuesto el tema Heroine, sin dudas apropiado para entender el rol de esa droga en Trainspotting. 

“Yo no sé dónde voy, pero voy a intentar ser el rey si es que puedo /porque eso me hace sentirme un hombre /cuando me meto un chute en la vena /te aseguro que las cosas son muy distintas/ (...) heroína, se mi muerte/ heroína es mi esposa y mi vida /porque hay un canal en mi vena /que lleva a un centro que hay en mi cabeza/  y entonces estoy mejor que muerto”.

Tanto en la poética creada por The Velvet Underground así como también en Trainspotting, la heroína aparece reflejada como la droga más outsider. Por un lado no es una droga de fácil acceso (al menos en relación a las drogas menos duras, se llega a ella no sin sortear algunos obstáculos previos relacionados sobre todo a la comercialización), por otro, tiene un efecto tan potente que el poder de la adicción que genera radica precisamente en que es demasiado intenso el efecto y demasiado sufrida la abstinencia por la fuerte receptividad de las células a la sustancia. El adicto se convierte en un dealer que tiene un único cliente: él mismo.

El círculo es perfectamente vicioso. Sin embargo mejor que yo lo explica el protagonista de “yonqui”: “Normalmente nadie se propone convertirse en drogadicto (...) uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motivaciones fuertes que lo lleven en cualquier otra dirección. La droga llena un  vacío (...) He aprendido la ecuación de la heroína. La heroína no es como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La heroína no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir”. La heroína es la droga menos social y lo que tiene de gregario se da  por una mera necesidad económica. El gobierno Tatcherista cuando redujo el presupuesto, atacó primero la educación y la salud. Esto provocó la aparición de “Shooting galleries” o Chutódromos debido al cese de los suministros quirúrgicos. Las jeringas comienzan a ser un elemento de valor que escasea y que hay que compartir con el colega abstinente. Si en los ochenta se detectó el primer caso del HIV, este empleo de jeringas comunitarias en los noventa no hizo más que provocar la expansión del virus.

Según Renton “llenamos nuestras vidas de mierda de cosas como carreras y relaciones para convencernos a nosotros mismo de que no carece todo de sentido. La heroína es una droga honesta, porque te arranca esas ilusiones. Con el caballo cuando te sientes bien, te sientes inmortal. Cuando te sientes mal intensifica la mierda que ya está ahí. Es la única droga realmente honesta. No altera tu estado de conciencia, solo te da un colocón. Tras eso ves la miseria del mundo tal cual es, y no puedes anestesiarte contra ella”.

Los noventa son plasmados en Trainspotting como una década paria. Un puñado de años que vieron crecer una generación indiferente al bombardeo mediático del consumo. Trainspotting no es un libro que habla de la heroína, es un libro que habla del hastío que genera transitar las calles de la arquetípica Edimburgo sin un mínimo sentido de pertenencia, sentido que se expande en todos las direcciones del estado de ánimo y alimenta el vacío que experimentan los protagonistas.

“La sociedad no te dejará utilizar el caballo porque lo verían como una señal de su propio fracaso. El hecho de que simplemente elijas rechazar lo que tienen para ofrecerte. Elige la vida. (...) Pues bien, yo elijo no elegir la vida. Si lo muy cabrones no pueden soportarlo ése es su puto problema. Como dijo Harry Lauder, sólo pretendo continuar así hasta el final del camino”. En fin. Si Renton no fue la voz de toda una generación, estuvo cerca.

 

Bonus Track: Mal viaje...

 

N.de R.: Este artículo fue publicado originalmente en la revista virtual uruguaya Deltoya (www.deltoya.cjb.net).

 
 
Compartí