En Hollywood hay directores para todos los gustos, pero sobre todo, lo que menos falta, son
directores con mal gusto. Joel Schumacher es uno de estos, y ha sabido hacer punta en materia de
kitsch cinematográfico. Con ustedes, la obra (y las sobras) de un realizador, en el mejor de los casos,
irregular.
Un joven Joel debutó en cine en 1972 como diseñador de vestuario de un
drama de poco vuelo llamado Play It As It Lays, protagonizado por un
Anthony Perkins devaluado, en una época en que el alter ego de Norman
Bates agarraba cualquier papel con tal de escapar al estigma de su personaje
en Psicosis. De allí pasó a un par de trabajos más en este mismo oficio,
entre ellos Sleepers e Interiors, ambos de Woody Allen, destacándose lo
realizado en el primero, sobre todo.
Durante la década del ´70 su carrera se fue abriendo, llegando a participar
de algunos guiones y dirigiendo capítulos de ignotas series televisivas, hasta
que en 1981 le llegó la oportunidad de dirigir un largometraje, que fue The
Incredible Shrinking Woman ("La increíble mujer que empequenece",
* * 1/2) comedia sobre una mujer, adivinaron, empequeñece, con buenos
efectos visuales para la época, sirviendo como un referente de lo que años
más tarde fue la comedia con Rick Moranis Querida, encogí a los niños.
Su segunda incursión en el cine, en 1983, no fue menos bizarra pero sí mucho menos feliz,
dirigiendo a Mr. T en DC Cab (* 1/2) donde quien luego sería el Mario Barakus de la serie Brigada A
interpretaba a un taxista aventurero y con puño de hierro contra los criminales urbanos.
Luego vinieron unos films menores como The Lost Boys (1987 * *) o Cousins (1998, * *) y un video
clip de la banda australiana Inxs, hasta que en 1990 debutó como realizador respetable con el film
Flatliners ("Línea mortal", * * * 1/2), donde dirigió a Julia Roberts, Kiefer Sutherland, Kevin Bacon y
William Baldwim, formando parte de un experimento con los sueños y la frontera entre la vida y la
muerte. Esta película, de buena factura y bien contada -esto último algo poro habitual en los trabajos
del director- tiene varios puntos de contacto con la argentina Alguien te está mirando (Gustavo Cova &
Horacio Maldonado, 1988).
Un año después repitió con Julia Roberts en Dying Young (1991, * * 1/2)
una flojita comedieta romántica para adolescentes lacrimógenas y señoras
que gustan de las historias "humanas". Pero en 1993, toda la lucidez que
hasta el momento no había puesto en práctica y la certera puesta de
cámaras y buenas ideas a las que jamás había echado mano, dijeron
presente en el pequeño clásico de la reacción hollywoodense, Falling Down
("Un día de furia", * * * *) donde un descontrolado Michael Douglas emprende
contra las injusticias cotidianas con su particular manera de hacer valer el
sentido común. ¿Quien vio este film y olvidó su recriminación al gerente
de un restaurante fast food por el tamaño de la hambuguesa completa símil
Big Mac?
A partir de esta versión remozada del justiciero urbano, Schumacher no
bajó demasiado la puntería pero tampoco logró mantener el nivel. The Client (1994, * *) fue un trabajo
aburrido de nulo suspenso basado en una de las infinitas novelas de John Grisham. Dos años después
volvió a un texto del escritor y plasmó en pantalla A Time to Kill (1996, * * *) un buen policial sin vuelo
pero con lo justo como para no decepcionar.
Pero la debacle llegó en 1995, luego de que la Warner le bajara el pulgar a Tim Burton y su
continuación con la saga Batman -tras el "poco" éxito de Batman Returns- el exitoso Joel se hizo
cargo del trabajo... Batman Forever ("Batman eternamente", 1995, * *) llegó para mostrarnos una cara
sexualmente ambigua del héroe, con la tibia relación con al personaje de Nicole Kidman y a la vez su
particular cercanía con el nuevo compañero del héroe, Robin, además de un traje con pezones
incluidos (agregados por la mano textil de Schumacher). Y como todo puede ser peor, en 1997 le
renovaron el contrato y el cine tuvo un nuevo título al listado de las peores
películas de superhéroes de la historia: Batman & Robin (*) un pastiche
intragable donde se intentó tapar la imbeciliad imperante en el guión y la
impericia en la puesta escénica con la acumulación de personajes, al cual
uno más desaprovechado que el otro.
1999 fue el año del doblete para Schumacher. Y fue también el que lo
encontró diversificado, pues terminó una película atractiva y extrema como
8 mm (* * *, otra vez la marca de la copia en el aire, ya que mucho de la
trama remite a la excelente Tesis de Alejandro Amenábar) al tiempo que
cayó al quinto infierno escribiendo (después de 15 años) y dirigiendo su peor
mamotreto: Flawless (*), trabajo en que consiguió tirar a la basura el talento
de actores como Robert de Niro y Phillip Seymour Thomas.
El siglo XXI don Joel lo comenzó con Tigerland (* * *) una standarizada aunque aceptable película
sobre guerra, un año antes de que la caída de las torres gemelas parieran decenas de estrenos ad
hoc. Dos años después, con total despreocupación a la hora del rigor, el verosímil y las formalidades,
entregó su trabajo más ligero en años pero a la vez un producto atractivo y placentero: Bad Company
(* * *), con Anthony Hopkins haciendo una vez más de señor experimentado, dirigiendo al
habitualmente insoportable Chris Rock en una operación de espionaje internacional que deja mejor
parado al actor negro que al lord inglés.
Su último film, Phone Booth ("Enlace mortal", 2002 ver críticas) lo volvió a poner en el centro de la
escena al plantear una buena idea con una puesta de cámaras audaz y la estrella del momento,
Colin Farrell, en el rol principal. Lo que viene en la carrera de Schumacher es una historia de crímenes
con Cate Blanchett, Veronica Guerin, a estrenarse en Estados Unidos este año, y una nueva versión
del clásico Phantom of the Opera a estrenarse en los cines del primer mundo el año próximo.
Joel
Schumacher
Un director en zig-zag
por
Daniel
Castelo
