Su nombre no es Bond, y se nota

por Daniel Castelo

Bourne: El ultimátum (The Bourne Ultimatum) EE.UU. 2007. 111´ Dirección Paul Greengrass. Guión Tony Gilroy, Scott Z. Burns, George Nolfi. Montaje Christopher Rouse. Fotografía Oliver Wood. Música John Powell. Con Matt Damon, Julia Stiles, David Strathaim, Scott Glenn, Edgar Ramirez, Joan Allen. Estudio Universal Pictures.

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Los últimos minutos tienen una de las escenas más irrisorias de los últimos tiempos. El guión es tan milimétrico y obsesivo en su puntillosidad, que termina por dejar afuera a la audiencia que decida pestañar en algún momento del relato. Y, ah, el personaje principal se toma tan en serio a si mismo y a todo lo que le sucede, que parece que hemos sido invitados al velatorio formal del cine de aventuras.

Claro, estamos hablando de la película de acción más legitimada de lo que va del siglo XXI, al menos por lo que puede leerse de parte de gran parte de la crítica (la misma que en su mayoría en general denosta al género).

Nada de John McClane ni mucho menos del mismísmo padre fílmico de este agente: el gran James Bond. No, Jason Bourne (atención con la obviedad de las iniciales) es un señor serio y que tiene detrás un componente de papeleta burocrática y, sobre todo, del gran Estado americano siguiendo sus pasos, un Estado que, claro, lo que tiene es gente que hace mal las cosas y no un sistema podrido desde su inicio.

En esta ocasión el personaje que sirvió como la respuesta yanqui al agente británico más famoso, se ve perseguido por sus propios jefes, intenta encontrar a un fulano muy malo y cruzarse con una dama que lo ayudará, o no, a concretar el deseo de saber cómo cuernos es que nació en él esa personalidad de agente todo terreno. Porque el muchacho no recuerda sus inicios, en una especie de recreación del Leonard de Memento, pero menos logrado.

¿Y por qué Bourne: El ultimátum no es esa maravilla que muchos parece que han visto? En parte por algo de lo antedicho, en parte porque su protagonista, Matt Damon, no transmite nada más que la misma frialdad que el director Paul Greengrass (el mismo de ese muy buen trabajo que es United 93) le imprimió a la imagen, envoltorio de un regalo calculado hasta el punto en que eso que uno puede llegar a llamar arte cinematográfico se ausenta por completo.

Ok, Alfred Hitchcock era el rey del cálculo, un creador maravilloso, y hace ya varias décadas que nadie supone que se encuentra afuera de lo que podríamos denominar como "arte". Pero aquí viene a la perfección aquella frase del director de Psycho sobre que en un buen film, si a un espectador se le cae el programa, cuando vuelva sus ojos a la pantalla el relato debe seguir siendo entendible. Y que a nadie se le ocurra perderse dos segundos de esta aventura de Bourne, porque la trama -por pequeña que sea, y lo es- terminará por volverse una seguidilla de preguntas sobre quién es ese que nombraron y por qué es que decidieron tal o cual acción.

Pero quizá esto último podría llegar a considerarse dentro de un género que mayormente apuesta a la simpleza más absoluta y que, claro, no está de más que de vez en cuando se elija complejizar las cosas más de lo debido. El punto es que la última media hora del film abandona su lógica interna y hace que algunos de sus personajes lleven a cabo sus acciones por mero capricho de los tres guionistas que se encargaron del asunto.

Varias pistas sobre lo que pasó en los films anteriores y una puerta abierta hacia lo que vendrá, es lo que nos da esta nueva incursión de Bourne en la intriga internacional. Mucha persecusión, demasiadas líneas de texto (en diez minutos de cinta hay más o menos más diálogos que en toda la primera parte de la saga Die Hard). Todo esto, para, al fin y al cabo, salvar esa cosa desabrida y bastante insípida que parece ser la carrera de Matt Damon.

     
 

"The Bourne Ultimatum" -trailer-