Santa sangre

por Daniel Castelo

Rambo, regreso al infierno (Rambo) EE.UU. / Alemania. 2008. 91´ Dirección Sylvester Stallone. Guión Stallone & Art Monterastelli. Montaje Sean Albertson. Fotografía Glen MacPherson. Música Brian Tyler. Con Sylvester Stallone, Julie Benz, Graham McTavish, Jake La Botz. Estudio Nu Image Films.

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Al hombre hay que reconocerle que se animó a resucitar a Rocky Balboa cuando nadie daba medio dólar por su éxito en boleterías. Se aventuró a escribir un guión decente, dirigirlo, y la empresa le salió más que bien. Debido a esto, Sylvester Stallone se entusiasmó y decidió reflotar también a John Rambo, el ultraviolento veterano de Vietnam que cuando consigue algo de armonpia espiritual surge algo que altera su rutina.

En este caso, el fibroso héroe de guerra se encuentra buscando paz en alguna parte de Oriente (sería bueno que para la próxima tuviera en cuenta lugares como Miramar o Las Toninas). La imaginaria nación de Barma es la elegida para la catástrofe. Allí, una sanguinaria dictadura extermina a gran parte de la población y somete al resto a una existencia infrahumana.

Un grupo de estadounidenses de buen corazón y tiempo libre, acuden a la zona para realizar una tarea humanitaria y al contactar al bueno de John, este les advierte que no lograrán hacer nada positivo, pero ellos insisten y hacia el punto crítico se dirigen. El resultado es obvio: sólo sobrevive un puñado, y en horribles celdas.

Nuestro héroe republicano, tras un par de episodios violentos, carga sus armas, su musculosa ajustada (en esta ocasión sin pectorales a la vista) y emprende una matanza que no registra antecedentes en su carrera. A esto se agrega un nivel de gore que aprovecha la correcta técnica de efectos visuales y vuelve a cada tiroteo una fiesta de vísceras y cuerpos destrozados. No. No es similar a la carnicería spielbergiana de Save Private Ryan, pero le anda cerca.

El problema que tiene Rambo (a secas, como el título con el que se estrenó en Argentina la primera parte de la saga, First Blood) es que tiene un nivel narrativo muy pobre, con personajes tan chatos y perezosamente elaborados como en las peores producciones de Steven Seagal. Para colmo, en la primera mitad del relato las escenas de acción son pocas y el fílmico que corre entre una y otra es tan soporífero e insípido como los matices actorales de Sly.

Sin duda, este (¿último?) renacimiento del hormonal personaje es una segura buena noticia para fanáticos del cine de tiros y violencia gratuita, así como también para cualquier seguidor de la bizarreada celebratoria. Eso sí, si se trata de disfrutar, diez segundos antes de la proyección, sacarse de encima todo el sentido crítico posible, o habrá que esperar a los últimos veinte minutos para encontrar algo de lo que se fue a buscar.

     
 

"Rambo" -gore!-

 
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