Frida
(ídem) EE.UU. / Canadá. 2002. Dirección de Julie Taymor. Guión de Clancy Sigal, Diane Lake, Gregory Nava, Anna Thomas (I). Fotografía por Rodrigo Prieto. Montaje por Françoise Bonnot. Diseño de Producción por Felipe Fernández del Paso (I). Dirección de Arte por Bernardo Trujillo. Vestuario por Julie Weiss. Música de Elliot Goldenthal. Con Salma Hayek, Alfred Molina, Geoffrey Rush. Ashley Judd, Roger Rees, Antonio Banderas, Edward Norton, Valeria Golino.



     Pocos personajes de la plástica contemporánea poseen tanto enigma y tanto atractivo fílmico como
Frida Kahlo. Pero también este es un personaje de una complejidad difícil de transitar, quizá por eso el
cine se haya ocupado poco de su figura y fina estampa.

     Este film, producido y protagonizado por Salma Hayek (ver Femmes Fatales)
es una liviana e innecesariamente glamorosa biografía de un personaje al que
en ningún momento se alcanza a rozar en sus fibras más ocultas.

     El relato recorre principalmente su relación con el plástico Diego Rivera
(Alfred Molina), con quien vivió su romance más tórrido y perdurable, pero la
historia contada también se ocupa de su relación con León Trotsky, el
revolucionario soviético que escapó de las garras de Stalin a un México que le
ofrecía –supuestamente- cierta mínima seguridad. En otro orden, la fría Frida de
35 mm nos muestra también su padecimiento a causa de un problema terminal
en los huesos, que la acompañaría hasta su muerte.

     Salma Hayek en más de una oportunidad ha expresado su admiración por Frida Kahlo, incluso antes
de que se hablara de esta producción. Se evidencia un esmero muy destacable en la producción de la
película, principalmente gracias a una excelente dirección de arte, que juega con el collage y las texturas,
otorgándole un entorno visual más que atractivo a la puesta, que tiene en este rubro su mayor valor.

     El resto de lo que ofrece Frida son pinceladas superficiales de un alma y un porte mucho más
astillados de lo que se transmite. La explosiva belleza de Salma Hayek se da de bruces con la fealdad 
(aunque atractiva) de Kahlo, lo que se suma a una más o menos bien encadenada sucesión de escenas
sin demasiado peso dramático, más allá del llanto justo en el
momento indicado y la frases ingeniosas que cierran algunos
diálogos, propios de una producción made in Hollywood, pero muy
alejados de un universo tan áspero y en grano grueso como el de
Frida.

     En lo que respecta a lo puramente actoral, el desempeño de
Hayek es correcto, pero sólo dentro de la propuesta que trae el
film, a tono con una pintura lavada y sin mayores espinas. Quizá
lo mejor de su  performance se encuentre en el aspecto sexy de
Kahlo que, contando con la belleza de la morocha mexicana, es explotado en más de una escena, con
picos de temperatura en aquellas donde se juega con la bisexualidad de la homenajeada.

     Los otros integrantes del elenco acompañan, también a tono con el contexto. Alfred Molina compone
a un Diego Rivera alegre, gordinflón y sin mayores matices ni luces a la vista, pese a ser, por momentos,
la figura excluyente del relato. Su oponente en la pátina romántica del film, Geoffrey Rush, le da vida a un
Trotsky de historieta, recitando un par de párrafos célebres a la cabecera de una mesa. Su relación
amorosa con la protagonista no aporta mucho más que un momento de tensión.

     En 1984, el realizador Paul Leduc filmó su propia versión sobre la vida de la pintora pero desde un
punto de vista más introspectivo y menos glamoroso. El título fue Frida, naturaleza viva, y la potencia, el
dolor y la entereza del espíritu de la retratada se vieron allí reflejados con mayor fidelidad que la que 
consigue –porque, en parte, tampoco se propone- este prolijo pastiche post-Moulin Rouge.

La insoportable levedad
por Daniel Castelo

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